PRESENTACIÓN:

La iglesia del tercer milenio se hace presente en el mundo de muchas maneras. Hoy hay una presencia que apenas tiene cuarenta años: El diácono permanente.

Hay que hacer rendir a la Iglesia todo lo que de imaginación y creatividad tiene, para acercarse al mundo cotidiano con la naturalidad propia del hombre que vive en la sociedad actual.

El mundo vive en continua convulsión, apoyándose en terreno movedizo, inestable, con valores y conceptos novedosos, en situaciones culturales que confunden y coartan la expresión tradicional de los gentes. Se superan las tradiciones y se menosprecia el valor religioso de las personas.

Parece que el ser cristiano supone un ir a contracorriente de la modernidad, de todo lo que forma la cultura del momento.

La figura del ministro ordenado como diácono permanente puede muy bien servir de puente en ese mundo de tantos conceptos cambiantes, porque es un hombre que ha vivido y vive con su familia inserto en ese mundo, es conocedor de lo que se fragua en el ambiente, es testigo privilegiado en el que por su propia experiencia vital late al unísono de la sociedad.

No es un laico, es un clérigo. Marcado con la huella indeleble del Espíritu Santo, impregnado con un carácter especial, con un fin específico y creativo que le hace ser un hombre cercano a la problemática de la vida con quienes comparte su vecindad, su trabajo, su amistad.

El diácono permanente no tiene una misión única exclusiva en la liturgia. Su misión específica es ser imitador de Jesús en la acción de servir. Pero ese servicio es para la vida, para dar razón de la esperanza que le anima a seguir a Jesús, para hacerlo más próximo a los hombres, para estar en medio de ellos. Por eso es importante que reflexionemos sobre nuestras actitudes y que no hagamos de nuestro ministerio una proyección de nuestras frustraciones.

Nuestra indumentaria es la sencillez. Nuestro traje talar es la castidad de costumbres como la honestidad, la honradez, la pureza de corazón, la generosidad de espíritu, la sonrisa acogedora que no hace acepción de personas, la alegría jovial de quien se sabe portador de esperanza...

Nuestra vestimenta es la del hombre de la calle que pasa desapercibido siendo poseedor de un estilo propio, denota con su gesto y su porte, que el servicio es la túnica de la mansedumbre, sin alzacuello que amordace su palabra libre y fluida, anunciadora de buenas nuevas allá donde un clérigo normal no puede llegar. No digo con esto que los diáconos permanentes somos un estereotipo de lo más exquisito de la cleriguicia, ¡no!. Deseo transmitir que el diácono permanente tiene oportunidades extraordinarias para vivir con: estar más próximo con, llegar a, ser con, y decir a las gentes lo que los curas por término general tienen dificultades para lograrlo. Esa facilidad se da en nosotros si no nos clericalizamos, si no caemos en el error de creernos privilegiados entre los laicos, diferentes a ellos y más que ellos. Muchos pueden pensar que somos «unos curas venidos a menos o unos laicos llegados a más» y eso no es la realidad.

No podemos llevar «cleryman con cuello, tirilla y pala» como algunos desean que lo hagamos... La dignidad del diácono permanente no se la da el atuendo habitual de los clérigos célibes. La dignidad no es prenda que se acicale con un ajuar al uso. La dignidad se tiene por ser hombre redimido, por ser poseedor de vida eterna, por ser amado por el Amante, por ser criatura de Dios, no por calzar un traje que deje claro tu estado clerical. En lo que hemos de estar empeñados es que nuestra santidad sea el auténtico adorno de nuestras casas.

No debemos vestir la dalmática, el alba y la estola como distinción que nos separe de nuestra realidad. Hemos de vestirnos con la dignidad del servicio hasta la muerte, y muerte de cruz. Si cargamos con los pecados, con las injusticias, con el sufrimiento de los demás y somos conscientes también de nuestros propios pecados, de nuestros errores, de nuestros íntimos sufrimientos, podremos al abrazar esa cruz cargarla no con nuestra fuerzas sino con las del Señor Jesús, y si aún así no podemos con nuestra vida, colguémonos del cuello de Cristo.

La llamada de Jesús es una oferta radical que cambia la vida totalmente a quien opta por acogerla. No podemos engañarnos. No podemos clericalizarnos porque ese no es el fin de nuestro ministerio.

De una vez por todas ha de quedar muy claro en cada uno de nosotros, que nuestro estilo de vida es donación, no proyección, es servicio, no un sin fin de compromisos sociales individuales que te proyectan a un estatus distanciado de la realidad.

Nuestra familia es la primera misión porque es la Iglesia Doméstica. Tu esposa es una sola carne contigo, es tu primera colaboradora y es motor de tu vida afectiva y emocional, tus hijos son personas en formación y es en tu familia el lugar idóneo para formar buenos ciudadanos y mejores cristianos. Tu casa, tu hogar es lugar de encuentro, de paz y alegría continua. No podemos dejarles apartados y fuera de los proyectos personales. Primero, porque tu y yo no tenemos proyectos particulares y segundo porque, si no gobiernas tu casa, si tu familia no es icono de la humilde Sagrada Familia, poco o nada puedes aportar a la evangelización del ambiente. Esto lo debemos esculpir en nuestro pecho a fuego.

Por último hermanos, no caigamos en la profesionalidad del ministerio, acabaría en una tediosa rutina. Dejémonos enamorar de Cristo. El enamorado no es calculador, es espontáneo, creativo, locuaz, genial, es un arrebatado por el Espíritu, revestido con los carismas generosos de Dios para enriquecer a su Iglesia, porque allí donde haya presencia de cristianos conscientes de la vocación a la santidad, con su modo de ser se asemejan a las células del cuerpo humano, se regeneran constantemente renovando con eficacia la epidermis eclesial...

La oración, el ayuno y la limosna son nuestras compañeras. Esto nos da sabiduría para poder aceptar el cáliz amargo del conocimiento de nosotros mismos, para que reconociéndonos en nuestras debilidades sepamos y queramos admitir nuestros propios pecados.

Repasa cada día los dones del Espíritu para que no te gane el terreno el demonio, porque el maligno cada día te interpreta la historia y te convence de que tú eres el mejor diácono, el que mejor hace las cosas y el que más trabajo haces. En cambio no te dice que «seas», sino que «hagas», porque haciendo te construyes, te proyectas, te crees que eres lo que no eres... Sin saberlo, sin apenas darnos cuenta nos destruye, y en esto está empeñado: en destruir nuestro ministerio, en poner trabas y problemas, pero tengamos presente que todo es necesario para una buena purificación. El Señor saldrá siempre garante si permanecemos en la fidelidad a la Iglesia y en la obediencia a nuestro pastor.

Decía Balmes, que la verdad es la realidad de las cosas. Nuestro Padre te las muestra, te indica cada día que tú no eres Dios, te pone en su sitio, te lleva a la cruda realidad: No eres diácono para triunfar sino para ser humilde. Es notable la diferencia de lo que el maligno acusador te sugiere, está fuera de tu realidad, no es verdad lo que te susurra... En cambio, nuestro buen Padre, aún cuando corrige usa siempre de misericordia y te llama a la Verdad.

Cuando flaqueemos, hagamos memoria de la imposición de manos donde el fuego abrasador del Espíritu nos apartó entre tanta gente, y nos hizo exclusivos del Señor para depositarnos en medio de todo un pueblo para que nos confundamos con ellos, para que no seamos diferentes sino uno de ellos, para que puedan identificarnos como: «este es de los nuestros». Un hombre de Dios capaz de perder la vida por cualquiera.

Recuerda que estás en el mundo pero que ya no eres del mundo, vive pues con dignidad y no te hagas de señalar con un clerman o un alzacuellos que no te corresponden y que muchos equivocados añoran como señal de distinción que proyecta frustraciones del inconsciente. A tal efecto traigo un pequeño extracto de la carta pastoral del que fuera obispo de Cádiz y publicada en la Hoja del Lunes de Cádiz el 25 de Julio de 1966

Ni la sotana, ni el clerman, ni el hábito del religioso o la religiosa , son postulados esenciales a la doctrina o la vida de la Iglesia. Son formas externas, usos de una época, que pueden experimentar cambios y reformas según las distintas circunstancias y costumbres de los tiempos, como de hecho lo han sufrido a lo largo de la historia . + Antonio. Obispo de Cádiz y Ceuta

Reflexionemos hermanos a dónde vamos, a qué hemos venido y a quién se nos ha invitado a seguir. Es duro, pero conforta.

Pepe Rodilla, cristiano como tú y Diácono, para ti.

 
 
::: Hacia una Comunidad Diaconal en Valencia ::: Un gran regalo del Espíritu para esta generación.
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